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HUMO EN EL CIELO

Humo en el Cielo, una novela negra con ribetes de misterio, acción y thriller político.

España, 2032. La tercera república lleva dos años de vida y la crisis económica global más de veinte. Partidos de ideologías totalitarias luchan por el poder en un mundo en descomposición.  En medio de esta atmósfera de inestabilidad,  luchas políticas, rumores constantes de golpes de estado, pobreza y crisis, una pareja de veteranos policías de vuelta de todo,  investiga la aparición de una muchacha decapitada con el  cuerpo cubierto de horribles cicatrices y mutilaciones,  en un paraje aislado, siniestro de las afueras de Madrid con fama de ser lugar de culto para peligrosas sectas satánicas y grupos espiritistas.

Pero ese misterioso hallazgo, solo será la punta de un iceberg,  de algo más oscuro y profundo para lo cual ninguno de ellos estará preparado.

 

BOOK-TRAILER DE HUMO EN EL CIELO

LOS CUATRO PRIMEROS CAPÍTULOS

 

PRIMERA PARTE
LA MUCHACHA SIN CABEZA

1 de Septiembre de 2032

 

1. 

El cuchillo resbalaba suavemente sobre la tostada tibia. La mantequilla se disolvía lentamente sobre la calidez del pan sacado del tostador. Los movimientos en pequeñas curvas no querían romper la rebanada. Había untado dos que colocadas en el plato recibieron una cantidad de mermelada de ciruelas, oscura casi negra, extendida con el mismo cuchillo romo. En la mesa, una taza de café con leche y una radio que emitía las noticias.

“Son las siete en punto de la mañana de este lunes, primero de septiembre del dos mil treinta y dos, y a esta hora damos noticias con lo que viene y vendrá en el día…”

El hombre saboreaba su desayuno con tranquilidad. Indiferente ante la voz animada y vibrante del locutor. Le solían interesar las noticias, pero ese día no estaba para nadie. Era su día de vuelta al trabajo después de un mes de vacaciones, tenía la típica sordera post vacacional.

“… siguen las negociaciones entre el Partido Social Demócrata y los Conservadores para poder formar gobierno, mientras el gobierno en funciones de Ernesto Sagasta se eterniza después de casi seis meses de interinidad, ya ha empezado a legislar ante la necesidad de tomar medidas de urgencia frente al agravamiento de la crisis económica. Hoy se mantendrán las reuniones entre los distintos partidos…”

El hombre puso el plato y la taza en el fregadero. Vertió una cantidad pequeña de jabón en el estropajo. Sabía que si no era constante con esto se le acabarían acumulando. Vivía solo, detestaba la suciedad aunque no era un maniático de la limpieza, se imponía la disciplina de fregar al momento y de limpiar su apartamento, en el cual apenas estaba durante el día, una vez en semana.

Colocó los platos en el escurridor. Apagó la radio. El silencio fue instantáneo, su apartamento daba a un patio interior del enorme bloque de viviendas donde vivía desde hacía casi diez años. Era uno de aquellos edificios colmena que surgieron a mitad de la década de los veinte y que fueron entregados a funcionarios según su solicitud. El suyo era el modelo individual para empleados públicos solteros. Una habitación, un baño, un salón y una cocina, lo justo y necesario para que en ochenta metros cuadrados entrara la vida de una persona. A él le valía.

Se puso la chaqueta vaquera, cogió las llaves del plato ornamental “Recuerdo de Lanzarote” que tenía en la entrada,  junto a ellas, la cartera y su placa de policía. La primera al bolsillo del pantalón y la otra al de la chaqueta. Dos pistolas, una pequeña al tobillo con velcro y otra al cinturón trabada con un clip metálico. Salió del apartamento. Llamó al ascensor, piso catorce lo vio descender hasta el suyo, el noveno. 

Juan Osánajan era policía desde hacía veinte años. Rozando los cuarenta y tres años  había tenido una carrera en el Cuerpo desigual. Aunque había sido uno de los inspectores más jóvenes de España, hacía años que estaba estancado y por lo que parecía, sería definitivo. No habría más ascensos, ni méritos ni reconocimientos, hiciera lo que hiciera. Así que simplemente se dejaba llevar, hacía su trabajo y nada más. Osánajan estaba adscrito a la Comisaría del Distrito Norte a la sección de Homicidios. Hacía ya bastante tiempo que se había acabado el glamour de las comisarías centrales y de la división de antiterrorismo, las grandes detenciones de células terroristas de todo pelaje, las condecoraciones, las medallas al mérito, la prensa... todo eso había quedado atrás. Ahora era un policía de barriada, un inspector de tantos en una zona de descampados, bloques de viviendas, naves industriales… un enorme polígono de ensanche donde se pintaba una realidad diversa, desde zonas marcadamente industriales con población empleada y pequeños negocios de economía de subsistencia, a zonas abiertamente marginales, degradadas por la podredumbre que proporciona el mantenimiento permanente de las ayudas sociales y el dinero fácil del tráfico de drogas, el robo, los secuestros… etc.

En aquel caldo de cultivo de los más variados especímenes, Osánajan llevaba seis años. Había nacido en Tenerife, en la parte árida, seca y soleada de la isla, por lo tanto turística, cientos de hoteles marcaban el litoral y millones de turistas europeos lo elegían como destino, por lo tanto el turismo  era el futuro, presente y pasado  de la gran mayoría de los habitantes de la isla. Eso fue uno de los principales motivos que le marcó para rellenar los papeles para la inscripción en la Academia de Policía. Hijo y hermano de empleados de hotel, le importó poco que dos de sus seis hermanos fueran “jefes” en uno. No quería saber nada de la hostelería, por mucho que en su día fuera el único sustento fiable del país. Rompiendo la tradición familiar de “busca algo seguro y cerca… ¡No te estés complicando!”, rellenó la solicitud y fue aceptado. Al día siguiente estaba comprando un pasaje de ida para viajar a la península. No pensaba volver.

Y no volvió, por lo menos no como pensaban sus hermanos que volvería. Derrotado y pidiendo un trabajo en “cualquier cosa”. Volvió como una visita, casi como un extraño que luce su uniforme, su placa, su diploma acreditativo de numero uno de su promoción, sus calificaciones excelentes en todos los aspectos, las menciones de sus superiores. Sus hermanos ligeramente decepcionados, sus padres llenos de orgullo. Aunque para su madre, una sexagenaria madre de siete hijos, que había trabajado cuarenta y dos años limpiando pisos en el mismo hotel, fue un disgusto cuando su hijo decidió escoger como destino Madrid. Podía haber escogido Tenerife, tenía esa opción debido a sus resultados, pero no lo hizo. Su madre no lo entendió y lloró con una pena fruto de la incomprensión, intento que su hijo Juan recapacitara pero fue en vano. Su padre en el fondo lo comprendía, él se había retirado con treinta y dos años como servicio técnico en su segundo hotel y con dieciséis en el primero. Era suficiente.  Su hijo, Juan Osánajan era policía y no había vuelta atrás.

Los años de patrullero fueron una prueba constante. Con cambios de comisarías cada año, incluso en algunas estuvo menos tiempo, le mostraron la realidad de una sociedad cambiante, marcada por la crisis, degradada por la espiral de corrupción que azotaba al mundo desde mediados del inicio del siglo. Su momento de gloria llegó cuando con tres años como patrullero se enfrentó a seis miembros de una banda latina en el Metro, armado con una porra consiguió la detención, dejando fuera de combate a aquellos facinerosos. La grabación de la cámara de seguridad haría el resto. Las imágenes cruzaron rápidamente a los programas de televisión. Había nacido un héroe. 

Joven, atlético, con el pelo rubio oscuro y los ojos claros. Solo había que explotarlo bien. Los jefes de la policía que tanto interés tenían en tapar el incidente con un; “es algo corriente en toda actividad de un policía en la calle”, tuvieron que recular presionados por el Ministerio. Las cifras de crímenes e inseguridad ciudadana llevaban subiendo desde finales de la segunda década del siglo. No se podía desperdiciar la aparición de un policía que había conseguido detener a seis maleantes responsables de una oleada de  atracos.  Medalla, condecoración, fotos con Ministros, incluso una participación en una recepción de policías con el Presidente del Gobierno. 

Aunque siguió siendo un patrullero cuando la ola descendió. Apagada la estrella, ocurrió un hecho insólito. Un año después, estando fuera de servicio en la cola de su banco. Un grupo de atracadores fuertemente armados lo asaltaron, la policía rodeó la sucursal y los ladrones se transformaron en secuestradores tomando a todos los allí presentes como rehenes.  Fueron casi treinta y seis horas de negociación sin resultado, en un momento, Osánajan que había permanecido como una oveja más en el rebaño, se destapó. En un descuido durante aquel amanecer eterno, golpeó a uno de los atracadores con un puñetazo seco y contundente, pérdida de consciencia y de arma. El policía no esperó nada más, cogió aquella potente pistola apuntó y disparó a los otros cuatro asaltantes. Total cuatro tiros, cuatro ladrones muertos y uno con una conmoción cerebral. La prensa se puso en marcha. El mismo tipo, una situación heroica, en un país igual o más  desesperado por buenas noticias que hacía un año. Aunque ahora había cuatro cadáveres. No sería tan fácil salir indemne. Pero salió, la opinión pública le lanzó la cuerda que le impidió ahogarse en un mar de condenas internas por abuso de autoridad.

Dos años después se examinó como inspector. Los resultados lo volvieron a llevar a la cúspide y eligió Antiterrorismo. Codeándose con la elite, inició una brillante carrera en la lucha contra los numerosos grupos terroristas que habían surgido en la última década. Numerosas detenciones y desarticulaciones. Infiltraciones exitosas en varios grupos. Operaciones de caza y captura. Fueron años dorados, hasta que llegó el frenazo. 

Fue mucho antes que el 22-O. Aquel atentado que cambió la historia de la nación no tuvo nada que ver con su caída en desgracia. Todo aquello fue mucho antes. Él ya estaba en homicidios cuando aquello. Cayó casi dos años antes, cuando se negó a firmar contra un comisario jefe de antiterrorismo al cual se le abrió expediente por una denuncia sindical. Muchos firmaron en su contra motivados por las presiones que se hicieron desde las nuevas autoridades políticas. Casi nadie entendía cuál era exactamente la acusación pero lograron su objetivo. El comisario fue cesado y los pocos que no firmaron apartados del servicio para ocupar otros destinos. Los que se movieron no salieron en la foto.

Ahora salía a la calle. Buscaba su coche, ficharía las ocho. Le esperaba todo un lunes de trabajo duro. Pensó en los casos pendientes mientras conducía. ¿Cuántos se habrían resuelto? Llevaba un mes desconectado  de todo… Sonó el móvil. En la pantalla centelleaba Quinto.

- Dime.

- ¿Dónde andas?

- Conduciendo… Estoy en camino.

- Pues ponte las pilas. Tenemos trabajo.

- En veinte minutos estoy ahí. De todas maneras hasta las ocho, no…- calló. Quinto había colgado. ¡Trabajo! Como si no lo supiera. Los expedientes se acumulaban en estanterías, despachos, pasillos… La radió encendida y el tráfico que no era tan intenso como en el pasado, muchos particulares ya no tenían coche.

“…el Ministro del Interior en funciones y Presidente del Partido Unidad Comunista, ha formulado su decisión de pactar con el Partido Socialdemócrata para buscar una mayoría estable. Afirma que la cerrazón de Martín Villarejo de evitar un pacto con ellos y buscar uno con los Conservadores, será algo contra natura que llevará a un Gobierno que nacerá muerto. Ángel Cabrera que ha formado parte del Gobierno en coalición se ha proclamado líder de la izquierda real de este país y llamado a movilizaciones para evitar…”
 

 

2. 

Quinto Galba llevaba un buen rato en la comisaría. Le costaba dormir y siempre acababa levantándose temprano, saliendo de casa cuando el despertador aún no había sonado. Llegaba a su mesa, encendía el ordenador y preparaba la agenda del día, leía los casos nuevos, ordenaba los pendientes, revisaba los que para su pesar se quedaban antiguos sin poder cerrarse. Desayunaba en el comedor de la comisaría. 

Galba, pocos lo llamaban Quinto, llevaba casi treinta años en la policía. Aunque su vocación no era ser policía, nunca lo fue. Cuando dejó su Badajoz natal, fue para ingresar en el ejército, esa sí que era su vocación desde niño. No tenía familiares militares, ni vinculación alguna con el ejército. Su padre era un modesto tratante de ganado y su madre una ama de casa sin muchas aspiraciones, una familia acomodada pero sin grandes lujos, la clase media que nació en los sesenta, creció en los ochenta, floreció en los noventa y se marchitó en el siglo veintiuno. El padre Don Florencio hubiera preferido que su hijo estudiara en la universidad, pero cuando este eligió ser soldado profesional, no trató de convencerlo. No le parecía una alternativa tan mala. 

Galba con la mayoría de edad recién cumplida. Firmó para la Brigada Paracaidista, aunque su idea era usarla como trampolín para entrar en cualquiera de los cuerpos de operaciones especiales, fuera cual fuera su nombre. Pero no fue así, su primer salto lo enamoró y ya no quiso dejar el cuerpo. Paracaidista hasta la muerte, decía como coletilla. Fue a la guerra. Destinado en Afganistán participó en la “guerra sorda” que se libró contra los talibanes en las montañas del país asiático, así como en numerosas operaciones encubiertas en el norte Pakistán y en la guerra de Irán. Misiones secretas, en las cuales no hubo ni recompensas ni reconocimiento oficial, no podía haberlo, tampoco él lo necesitaba. 

Fue una lesión de espalda lo que le impidió seguir saltando. El retiro fue la experiencia más dolorosa de su vida o al menos eso pensaba. Con veinticinco años su sueño de carrera militar se había terminado. Badajoz y vegetar en la casa de sus padres, no eran una opción. 

Ingresó en la Academia de Policía. Era una alternativa que no le ilusionaba, pero que cumplió. Patrullero tres años en el peor barrió de la capital. Cuando tuvo la primera oportunidad se presentó a las pruebas para inspector, las superó con solvencia aunque sin brillantez. Pero dejó de patrullar que era algo que le provocaba un sentimiento de impotencia absoluto. Detenciones habían, pero muchas no llevaban a nada, delincuentes con cientos de detenciones que no pasaban ni una hora bajo arresto, abogados que enseñaban a sus clientes las formas para escapar de sus castigos, jueces capaces de tergiversar la ley para adaptarla a la medida del criminal… Sinsabores.

Fue adscrito al departamento de tráfico. Le gustó la idea de ser investigador de accidentes con resultado de muerte, mucha gente ignora la cantidad de veces que un coche es usado como un arma. Fue una etapa ilusionante para él. Investigó el incidente Torres, en el cual un diputado del Partido Radical y su mujer murieron cuando su coche embistió a otro a gran velocidad, de forma aparentemente accidental. Se descubrió que fue un asesinato premeditado, todo un escándalo cuando se detuvo a los conductores del otro coche, que hasta el momento eran considerados víctimas, y pasaron a ser acusados de asesinato. El detalle de que eran militantes de Unidad Comunista fue ignorado por parte de la prensa. Lo cierto que uno de los principales aspirantes a encabezar el Partido Radical había muerto. 

Fue todo un éxito, le llovieron las felicitaciones, aunque solo fueron internas. De mandos políticos no tuvo ninguna. Las motivaciones políticas del caso hicieron que se silenciara. Empezó a ser visto como un policía incomodo, molesto. Demasiado huraño e independiente. Fue trasladado a homicidios, a la comisaría del Distrito Norte, donde se le pensaba mantener hasta la jubilación o hasta que se cansase y se fuese.

Conoció a Ana, amor de su vida con la que se casó. Recuperó la felicidad. Buenos tiempos en lo personal. La felicidad parecía eterna, no lo fue. Veintidós de mayo del dos mil veinticuatro, aquella maldita tarde que no olvidaría nunca. No soportaba pensar en ello, cuando lo hacía se obsesionaba, perdía el humor, la tristeza lo inundaba y la botella siempre estaba cerca. 

Vio entrar a Osánajan en la comisaría. Eran compañeros desde hacía cinco años. Aún recordaba cuando apareció por allí, venía con la etiqueta de caído en desgracia, de problemático, incluso chivato y mal compañero. El sindicato había metido mucha cizaña contra aquel que un su día había sido el niño bonito, el héroe del metro... Incluso Asuntos Internos lo había investigado, más bien lo estaban investigando, ya que las pesquisas aún duraban. Cuando se lo asignaron como compañero no le sorprendió, él también había sido investigado, en un proceso que estuvo a punto de costarle la expulsión del Cuerpo y también tenía fama de problemático, mal compañero, irritable, alcohólico… etc.

- ¿Qué tal?- pregunto Osánajan mientras se quitaba la chaqueta. 

- ¿Y esas vacaciones?- respondió Galba con un aire entre sorna e indiferencia.

- Pues mira, en Tenerife todo el mes para cerrar el tema de lo de mi padre. Es increíble lo que puede dar un herencia mínima a repartir entre siete hermanos, cuando todos dicen que no quieren nada… - su padre había muerto hacía tres años, pero la batalla por las pocas posesiones entre los hermanos se eternizaba.

- Lo mejor que puedes hacer es renunciar a tu parte o vendérsela a alguno de ellos. No sabes la tranquilidad que te queda. 

- Eso es lo que he hecho en este mes. ¿Quieren la casa entera?- gesticuló-. Pues ahí tienen mi parte, se la vendí a mi hermana y que ahora ella peleé con el resto.

- Hiciste bien. Pero no te acomodes, que tenemos que salir.

- ¿Caso nuevo?- dijo con cara de sorpresa. Galba asintió.- ¿Y los pendientes? Pero si tenemos…

- Ni idea, pero ya tenemos uno nuevo- dijo poniéndose de pie-. Esta noche, unos tipos encontraron un cadáver de una mujer sin cabeza en la Casa del Miedo. Llamaron nada más encontrársela....- hizo un gesto de resignación-  y esta mañana cuando llegué teníamos el caso asignado. Así que tenemos que ir, los forenses están avisados, el juez también y en teoría la zona está acordonada. Así que andando.

- A sus órdenes.

Osánajan se levantó, después de mesarse los cabellos un instante y maldecir. Volvió a ponerse la chaqueta, las gafas de sol  y salieron. El Citroën azul oscuro que tenían asignado estaba en la misma zona del aparcamiento donde llevaban aparcándolo los últimos cinco años. Todo seguía igual que hacía un mes, la misma comisaría pintada de color marrón claro encajada en la misma barriada de bloques enormes, con el mismo colegio al lado, con el mismo aparcamiento rodeado de un muro y cámara de seguridad. Incuso le pareció que seguían en la calle los mismos papeles tirados que antes de irse de vacaciones. La rutina se mezclaba con la novedad de un nuevo caso, en una especie de simbiosis que hacía todo más siniestro.

De la comisaría a la Casa del Miedo había unos cuarenta minutos de coche. 

 


3. 

 

La Casa del Miedo era un edificio del último cuarto del siglo XIX. Situada en la finca de la Quemada, durante esa época fue comprada por el Conde de Rubia, para construir allí una casa como regalo de bodas para su hijo mayor.

El Condado de Rubia tenía origen en la Mancha durante la reconquista, el Rey Alfonso X el Sabio, había premiado el esfuerzo de una familia de infanzones que durante varias generaciones habían servido a los diferentes reyes castellanos. Nada mejor que un título que diera relevancia social y participación política a las tierras que ya poseían por derecho de conquista. Así nacieron los Condes de Rubia, pero no fue hasta bien entrado el siglo XIX, cuando Don Rogelio Vaguada y Sañudo, vigésimo sexto Conde de Rubia transformó a su decadente y pueblerina estirpe de terratenientes rentistas en una pujante familia enriquecida gracias a su implicación en el mundo de los negocios y la industria. Empezó arrendando casi todas sus tierras a agricultores que traían las formas de cultivo más modernas que llevaban triunfando en Inglaterra desde hacía casi un siglo. La producción fue impresionante y los beneficios también. 

Don Rogelio no se durmió en los laureles. Cogió todo aquel dinero y lo invirtió en todo tipo de cosas, tanto en empresas textiles en la pujante Barcelona, como en traer ese invento nuevo a España que era el ferrocarril. Se trasladó a Madrid donde compró una casa en pleno centro de la Villa y Corte, codeándose con la nueva sociedad que surgía basada en el dinero y no en las tierras, en el comercio y no en la renta, los Rubia vivieron una edad dorada. Viajes de negocios al Norte o a Cataluña, inversiones en el textil, en el acero, en el carbón, tratados con los ingleses, los franceses, antiguos enemigos que ahora eran socios comerciales.

Cuando su hijo anunció su compromiso con la hija menor de Lord Mansfield, un rico Conde ingles que llevaba décadas invirtiendo en España y que vio con mucho interés la boda de su hija pequeña, la cual no iba a heredar nada más que su apellido, con un rico español con el que hacía negocios. Don Rogelio buscó una finca alejada de Madrid para la pareja, y compró lo que en aquella época era un lugar lleno de arboledas,  con una tierra húmeda por la presencia en el subsuelo de un afluente subterráneo del río Manzanares.

Las obras duraron cuatro años, la casa construida según el modelo de mansión victoriana que tanto gustaba a los burgueses españoles de aquella época. Chimeneas en todas partes y tejados abuhardillados. Todo como surgido de un relato gótico, la casa recibió a la joven pareja y a una corte de criadas, ayudas de cámaras, ama de llaves, mayordomos, mayorales, mozos… todo un ejército que contempló como la pareja vivía su infelicidad. 

Demasiado diferentes en todos los sentidos. Ella hablaba poquísimo español, aunque se esforzaba. Una anglicana que nunca había salido del mundo anglosajón de su Yorkshire natal. España le resultaba un mundo exótico, extraño, poblado por una gente aún más extraña con costumbres bárbaras, donde ni siquiera se tomaba té. Él demasiado infantil para el compromiso que requiere el matrimonio. Mujeriego y libertino, a sus veintisiete años  tenía la libido de un chico de quince. Todo fueron disgustos para la pobre Lady Mansfield. Las peleas, las discusiones eran constantes. El joven conde dilapidaba la pensión que le pasaba su padre en los prostíbulos de lujo de Madrid.  Los enfrentamientos de la pareja pasaron de frecuentes a constantes. Él no era un hombre violento, nunca le pegó, pero tenía otras formas de torturarla, la soledad y las falsas esperanzas.  La muchacha se transformó en un ser doliente aislada del mundo en aquella mansión, con él único contacto de sus criados.

El agua subterránea que pasaba por debajo hizo aflorar un enemigo invisible. La enfermedad; las fiebres llevaron a la mujer a pasarse días en cama. En realidad no fue la enfermedad la que se la llevó, fue la pena. Murió cuatro años después de casarse, aislada por su marido y abandonada por su familia, anhelando a su vieja Inglaterra, suspirando por los paisajes verdes que rodeaban Fountians Abbeys y por volver a pasear por la calles de York.
 
Su marido el Conde, abandonó la mansión y fijó su residencia en Madrid, dijo a quien le quiso oír que no podía vivir más allí porque todo le traía recuerdos de su joven esposa. Mentía. El joven viudo puso pies en polvorosa para comprar un piso carísimo en pleno centro de Madrid. Los escándalos no se hicieron esperar. Fiestas por todo lo alto, jovencitas de vida alegre, champán, comida… la sociedad madrileña de finales del siglo diecinueve ya tenía tema de conversación. Pero todo terminó cuando de repente el joven Conde decidió volver a la mansión, de la noche a la mañana sin previo aviso.

Corrió como la pólvora la historia en los ateneos, los clubs de amistad, los círculos de amigos de esto y de lo otro,  que se le había aparecido el fantasma de su difunta esposa y había sufrido un sentimiento inmenso de culpa. Ahora vivía solo en la mansión, incluso había echado a los criados, para que no lo vieran lamentarse y chillar como un loco por los pasillos. La historia, como todas las de mentidero, era una sucesión de mentiras entretenidas para acompañar las meriendas de las señoras o los juegos de baraja de los señores. En realidad el joven Conde había huido a su antigua mansión cuando el médico de su familia le detectó una sífilis extendida que le atacaría el cerebro provocando locura. Don Rogelio quiso parar todo escándalo y lo forzó a la reclusión. Solo el guardián y su mujer acompañaron al joven Conde durante el año que pasó entre los vivos. 

La leyenda marcó la casa. Más aún cuando se quedó deshabitada. Se decía que los fantasmas de la desdichada pareja andaban por la casa. Durante la guerra civil ambos bandos la ocuparon dedicándola a residencia de generales. Se cuenta que militares de ambos lados oían gritos y gemidos, veían sombras… en ambos casos abandonaron asustados la propiedad requisada. Todo era mentira, pero alguien contó la historia y a otro le pareció bien repetirla.

Desde la guerra civil, nadie volvió a dormir en esa casa y el abandono fue total. A partir de los setenta fue destino frecuente de todo tipo de espiritistas, parapsicólogos, videntes, médiums, show televisivos… etc. Cuando un programa de televisión le dedicó un programa especial, con un famoso escritor de best seller que pasaría allí la noche con un equipo de científicos que afirmaron que sus aparatos habían registrado miles de variaciones extrañas y grabado todo tipo de psicofonías e imágenes… etc. Toda una sarta de mentiras, pero aquello no hizo otra cosa que incrementar el mito de la casa y atraer a un número de personas mucho más siniestras, como satanistas, sectas, milenaristas… etc. 

Aun así, nunca se había encontrado un cadáver en la casa. Como el que había encontrado la noche pasada un grupo de investigadores que tenían una web sobre el tema, ellos mismos editaban con el rimbombante nombre de Sociedad Mundial de la Ciencia Límite. No era la primera vez que acudían a la Casa del Miedo, era la quinta o sexta vez, pensaban  grabar un par de horas de cinta a ver si pillaban alguna psicofonía clara. 

Cuando entraron no notaron nada, pero al llegar al salón. Allí entre el polvo y la suciedad motivada por el abandono, el vandalismo, los grafitis extraños, la falta de ventanas… estaba el cuerpo de una mujer desnuda que tenía abierto todo su interior y la piel cubierta de cicatrices. No tenía cabeza. Había mucha sangre por todos lados.

Salieron corriendo, aquello era real, aquello daba miedo. No era las historias para no dormir que publicaban en su web. Se montaron en el coche y salieron a todo gas. Pero por el camino uno de ellos, Marcelo Pancol, el más veterano les dijo que pararan que se podían meter en un lío si no daban parte a la policía, que habían dejado un montón de huellas… todos le dieron la razón y volvieron a la casa. No entraron por su puesto, pero desde el jardín llamaron con el móvil de Marcelo.

Les dijeron que enviaban a un coche patrulla, que no se movieran de allí. Eso hicieron.

 

 


4.

Los dos policías se bajaron del Citroën. Galba lo había dejado aparcado unos metros antes de llegar a la casa, no pensaba meterlo en un patio con un muro medio derruido que parecía a punto de caerse sobre cualquiera que pasara. Caminaron por el camino de tierra hasta llegar al pórtico de entrada. 

La casa era siniestra. Ninguno de los dos había estado allí nunca,  solo la habían visto por televisión alguna que otra vez. Pero allí, frente a ellos, tenía un aspecto todavía más tétrico. Con sus tejados picudos de teja negra, aunque faltaban decenas, sus chimeneas como muñones hacia el cielo, la fachada de un color marrón oscurecido por un siglo de abandono. No había puertas ni ventanas desde hace mucho. A Galba le recordó a una extraña calavera negruzca. Dos policías de uniforme charlaban animadamente en el patio de entrada, los saludaron.

- ¡Dentro está el forense!- exclamó uno de ellos. Osánajan y Galba asintieron.

Olía a humedad, suciedad, excrementos de animales, orines pero nada exagerado. Osánajan pensó que al no tener ventanas, el recinto estaba ventilado constantemente. No habría acumulación de olores, aunque un cadáver siempre da olor. En el interior varios policías daban tumbos por allí inspeccionando la casa. Había bastante gente en lo que parecía el vestíbulo. Los techos eran altísimos y la doble escalera que subía a la planta alta debió de ser impresionante, antes de que desaparecieran los mármoles y la baranda. La contemplación fue breve, no estaban allí para hacer turismo. Un agente los acompañó hasta el lugar donde se encontraba el cadáver. 

En medio de un salón, en el que podrían haber cabido los apartamentos de ambos policías, se encontraba el cuerpo, un espectáculo bastante grotesco. Era una mujer desnuda a la que le faltaba la cabeza y que tenía desde el pecho hasta el sexo abierto en canal. Una especie de siniestra boca que se abría para dejar ver su interior vacío. El cuerpo tenía las piernas abiertas, los brazos estirados,  en el suelo un complicado dibujo de una gran estrella de cinco puntas y un gran número de runas que formaban una serie de pequeños dibujos. 

El forense observaba el cadáver en cuclillas. Un técnico sacaba fotos y otro grababa con una pequeña cámara digital. Había huellas de pequeños animales marcadas entre el polvo y sobre las rallas del dibujo en el suelo. Por lo tanto tiza o algo por el estilo. El cadáver tenía mucha sangre seca, incluso en el alrededor más próximo.

Osánajan se acercó al forense, que se dio cuenta de la presencia de los dos policías. Salió de su concentración.

- ¿Qué tal chicos?- dijo Marcial Cifuentes. Forense desde hace cuarenta años. Veteranísimo policía que había llegado a ser jefe del Departamento de Investigación pero con el cambió de gobierno de hace tres años, había caído en desgracia. Demasiado dispar, demasiado independiente y muy supeditado a su ciencia, en vez de a los dictámenes políticos que le llegaban desde el nuevo Ministro. 

- ¿Cómo está Don Marcial?- preguntó Galba. 

- Muy bien, aquí en la batalla…- lo miró con los ojos ávidos y una sonrisa sincera- ¡Joder Galba! Tu siempre trajeado...- miró a Osánajan con sorpresa- ¡Hombre desaparecido y hallado! ¿Qué tal esas vacaciones? 

- Pues se acabaron, ya se sabe cómo va todo esto. 

- Bueno, eso no creo que te coja de sorpresa ahora. Yo me incorporé la semana pasada y mira… aquí en el lío.

- ¿Qué nos cuenta?- dijo Osánajan señalando al cadáver.

- Bueno… por ahora es una mujer, de unos veinticinco años, año arriba… año abajo. Le han vaciado todos los órganos del torso, digestivo, respiratorio, excretor, corazón, reproductivo… todo para fuera. Por lo que veo a simple vista, y ¡ojo! A simple vista- dijo marcando las palabras con un gesto de su dedo-. Se trata de un trabajo fino…

- ¿Cómo  de fino?- preguntó Galba.

- Pues se ve… y digo se ve… cortes muy precisos, todo muy bien seccionado, nada de tirones ni carnicerías. 

- ¿Un profesional… un cirujano tal vez?- preguntó Osánajan.

- Tal vez un forense…- dijo divertido-… puede ser, no digo que no. O igual alguien con conocimientos de cirugía, ahora bien el corte de la cabeza- se movió en cuclillas hasta la cabeza. Los dos policías de homicidios le siguieron de pie-. Aquí, o no fue la misma persona, estaba cansado, o le dio un bajón de glucosa… vayan ustedes a saber lo que le pasó. Pero la cabeza la cortó apretando con ganas y de varias veces. 

- ¿Otra persona tal vez?- pregunto Galba.

- No sé, posiblemente, pero por las marcas creo que utilizó un instrumento sin filo. Porqué el primer corte se hundió en el cuello pero no llegó a cortarlo, solo un poco. Al cual siguieron varios golpes más hasta que consiguió separar la cabeza con un fuerte tirón de pelo posiblemente. Eso lo indican las marcas que se ven en la parte posterior del cuello.

- O sea una carnicería en toda regla- sentenció Osánajan-. ¿Le han comentado algo sobre la cabeza?

- No, pero la están buscando por los alrededores. En la casa no está…

- ¿Los dedos?- lo interrumpió Osánajan que se había dado cuenta de que le faltaban.

- Sí, se los cortaron. Esos a la carrera y con unas tijeras bien afiladas. Se ve claramente el corte por cizallamiento. 

- Poca sangre para tanta escabechina- dijo Galba con voz cavernosa.

- Sí, tienes toda la razón. Está claro que aquí no la mataron. Por lo menos,  lo dudo mucho. 

- ¿Algo más?

- No, de resto cuando haga el informe. Ya encontraré más detalles, no se preocupen- dijo mientras se ponía de pie. 

Los tres se apartaron para que los camilleros autorizados por el juez, levantaran el cadáver. El forense lo observó todo con mucho cuidado y siguió a la camilla hasta fuera de la casa. 

Osánajan y Galba observaron todo el lugar buscando pistas. Pero no encontraron nada relevante. Había una amalgama de pisadas, pero nada que sirviera. Ni rastro, solo basura.

Ambos policías se acercaron al sargento que dirigía a los patrulleros.

- ¿Algo sobre la cabeza?

- Nada, de nada. En la casa no está, por lo menos a simple vista. La seguimos buscando. 

- ¿Y los dedos?

- Tampoco.

- Está claro que no los iban a dejar aquí para que los encontráramos.

- No está claro que no. En la casa no hay nada interesante.

Osánajan y Galba dieron una vuelta por aquella vieja mansión, mientras en el exterior policías batían la zona buscando lo que fuera, a ser posible la cabeza. En la casa solo estaba la estructura, ni muebles, ni cuadros ni nada que no estuviera firmemente anclado a la casa. En las paredes había pintadas, la mayoría simples garabatos de adolescentes que buscando emociones fuertes acababan divirtiéndose con un espray de pintura. Otras tenían una resonancia más siniestra, se decía que habían sectas satánicas que hacían allí sus rituales, misas negras o como quisieran llamarlo. Un policía apareció con un perro para rastrear toda la casa en busca de la cabeza. Los dos inspectores dieron por terminada su vuelta. Allí no había nada, solo pérdida de tiempo. 

- ¿Te imaginas esto de noche?- pregunto Galba a su compañero.

- Tremendo tiene que ser. 

- Ni que lo digas.

- Bueno, por ahora tenemos una mujer decapitada…

- Y con los dedos cortados, con lo que es bastante difícil de identificar. 

- ¿Una yonki? 

- Tal vez…- dijo Galba distraído mientras miraba como muchos patrulleros se marchaban de la escena del crimen-. Bueno, dejemos que estos busquen por los alrededores y ya nos avisaran. ¿Vamos a comer?

- Por mí, encantado. 

- ¿Casa Ramón? 

- Donde sea. Conduce tú.

Encendió la radio y puso rumbo a la ciudad. Casa Ramón era un bar de policías cercano a la Ciudad, puso la radio, una voz femenina y enérgica hablaba.

“Es la una de la tarde, las doce en Canarias. Noticias. Hace unos minutos el Ministro del Interior en funciones y numero uno de Unidad Comunista ha presentado en la sede de su partido el acuerdo por el cual los partidos minoritarios con representación parlamentaria tras las últimas elecciones generales, Nación Social, Patria, GAIA, Naturaleza y Verdad, Nación Animal y La Hermandad, se coaligarán en un gran partido que se denominará Partido Nacional Revolucionario. Dicho acuerdo hace que esta nueva formación sea el tercer partido del Parlamento y elemento fundamental para cualquier pacto de gobierno. Ernesto Sagasta, presidente en funciones y por ahora único candidato a la presidencia, ha declarado su sorpresa de que partidos de corte fascista, nazi se unan con comunistas y ecologistas. El líder del partido socialdemócrata Martín Villarejo también ha ido en la misma línea mostrando la incomprensión con el líder de Unidad Comunista con el que ya habían pactado varias veces. Los radicales de Oscar Osborne son los menos sorprendidos, a pesar de que ya no son el tercer partido en número de escaños, los liberales no han mostrado excesiva sorpresa porque fascistas, nazis y comunistas decidan unirse…”

Los dos policías perdieron rápido el interés. La situación política llevaba tanto tiempo siendo una locura, que ya nada les asombraba. Galba pulsó el botón del CD junto al volante, cinco segundos después, los australianos de AC DC lo llenaban todo. Osánajan sonrió, siempre había dicho que Osánajan no había puesto en la vida una canción con menos de cuarenta años. 

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