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189-B

189-B: Mi primera novela y toda una pequeña joya.

En un mundo apocalíptico, los seres humanos viven en grandes ciudades aisladas bajo la bota de un gobierno totalitario que los controla desde el momento en que nacen hasta que mueren. Sus vidas, dirigidas hasta el último detalle siguiendo las directrices del partido único que las adapta a las necesidades de la sociedad que ha creado a sangre y fuego.

189-B es la historia de un hombre corriente, un simple trabajador de una fábrica, que decide huir de su acomodada esclavitud. Sin motivación aparente escapa de la Ciudad prisión en la que ha vivido siempre sin dar un problema. Lo deja todo y se adentra en la inmensa llanura; un paraje salvaje, desconocido e incierto, donde solo él es  dueño de su destino, alejándose de una vida marcada por otros.

BOOK-TRAILER DE 189-B

BOOK-TRAILER DE 189-B

PRIMER CAPÍTULO

1

 

Hacía tiempo que se había marchado. Simplemente lo hizo, lo dejó todo y se fue. Tampoco había mucho que dejar, aun así lo dejó y todo quedó atrás. Cuando sintió el aire de la llanura se sintió libre, esa era la sensación que siempre había oído pero que nunca había sentido. Cuando la ciudad quedó atrás, cuando no se oía su ruido ni era posible distinguirla tras las montañas, entonces y solo entonces se dio cuenta de que su vida anterior había terminado, o eso pensó él. Se imaginó renaciendo en aquel territorio inmenso, donde él sería quien quisiera ser y no el obrero 189-B de la Fábrica Nacional de Ajuste y Elaboración de Máquinas y Herramientas. Eso se había acabado.

Salir de la ciudad fue fácil, por lo menos él había pensado en algún tipo de traba por parte de los controles de seguridad de los accesos de la urbe. Pero no los hubo, simplemente pasó al lado de la única garita abierta en donde tres soldados miraban una pantalla de televisión que emitía un partido de fútbol. Ni siquiera lo vieron pasar. Caminó por la autopista durante varios kilómetros y cuando se imaginó que nadie lo podía ver, dio el gran paso y saltó el arcén que separaba el negro alquitrán con la extensión infinita de tierra arenosa. Levantando una pequeña hilera de polvo se encaminó hacia las montañas. El sistema de cámaras de la autopista que antaño había controlado todos los movimientos ahora estaban ciegas, meras carcasas vacías sin energía desde hacía décadas, no vieron como aquel hombre con su traje azul reglamentario, su camisa blanca reglamentaria, había saltado el muro de medio metro y andaba por territorio prohibido. Solo el hecho de pensarlo en voz alta se pagaba con veinte años de cárcel, así lo decía la Ley del Pueblo.

Pero las cosas ya no funcionaban como antes, ahora todo era diferente. La llanura era un páramo donde el poder del Partido había desaparecido y el hombre pudo caminar tranquilo durante horas. Nada le impidió llegar hasta las montañas y sin mirar hacia atrás para despedirse de la Ciudad, cosa que nunca pensó en hacer, se metió por el sendero que  las atravesaba para separarlo definitivamente de su vida anterior o eso creía él.

Tardó tres días en cruzar el desfiladero, aquel estrecho pasillo que se introducía en las montañas de forma claustrofóbica. Alimentándose con latas que había guardado durante los últimos tres meses. Sus puntos del sistema de racionamiento habían sido estirados a conciencia. Había pasado hambre, pero no pensaba morir por ella ahora que podía ir a donde quisiera. Su primera noche la pasó despierto, sintiendo el aire en la cara, tumbado sobre una roca y mirando el cielo. Mudo ante el pasmo de ver las estrellas aparecer en la ranura que dejaban las altas paredes rocosas.

Salió de las montañas y se adentro en la inmensidad, en aquel mar de arena, piedras y matorrales. No había nada, no había nadie, solo viento y soledad. Pero el hombre caminaba en silencio, en línea recta sin fijar destino, solo caminaba. Mientras siguiera caminando seguiría viviendo. La comida se le agotó pronto, pero aprendió a comer lo que cazaba, al principio pequeños reptiles después conejos. Hacía trampas con un trozo de cuerda, como recordaba de las Colonias del Infante Revolucionario. Un cebo, un lazo corredizo, paciencia y a esperar bien escondido. Nunca entendió porque les enseñaban a cazar si estaba prohibido, pero agradeció que lo hicieran. La inmensidad no estaba tan vacía, había muchos animales pequeños que él no conocía. Llegó a atrapar a varios que eran conejos, pero con las patas y las orejas mas largas. Bebía agua de la lluvia que recogía en el bote reglamentario que El Partido facilitaba a todo trabajador como fiambrera. No llovía, pero el sereno durante la madrugada era suficiente como para condensar una cantidad suficiente agua.

No contó cuantas noches llevaba atravesando la llanura cuando dio con unas pequeñas cuevas. No sabía si eran dos o tres semanas, no necesitaba saberlo. Asomadas en una pequeña pared de rocas, tres agujeros oscuros asomaban como entradas misteriosas de una especie de queso gigante. Al entrar noto el fresco de la oscuridad permanente. No eran profundas, y tampoco eran tres. Solo era una con tres entradas. El silencio era total, buen sitio para descansar. Sus ojos tardaron unos instantes en adaptarse a la oscuridad. Pero los vio en seguida.

Encontró tres cadáveres momificados dentro de sacos de dormir. Había herramientas, mochilas llenas de cosas. Fotos de personas alegres y vivas, que miraban sonriendo desde otro mundo que no se parecía en nada a lo que el hombre conocía. Eran un matrimonio, Carlos y Lía,  el niño se llamaba Austin. Por lo menos eso es lo que ponía en una de las fotos que con una pequeña grapa se había unido a un trozo de papel. Sin duda era un mensaje, el hombre lo leyó con dificultad, había aprendido a leer hacía mucho tiempo pero no había practicado mucho, su función no le exigía saber leer más de lo imprescindible. En el mensaje pudo entender que la familia llevaba vagando durante meses, que todo iba bien hasta que bebieron agua de un pozo sin percatarse que en el fondo había un cilindro de metal con el emblema del Partido, desde entonces no habían dejado de sentirse mal y tener fiebre. Advertían de que posiblemente el Partido habría envenenado más pozos. Pedían que si alguien encontraba sus cuerpos lo comunicara a sus padres. Pero la dirección que daban ya no existía, aquella ciudad había desaparecido hacía treinta años.

 Los enterró por fuera de la cueva. Lo hizo mecánicamente, sin muchos pensamientos. Al principio no pensó hacerlo, pero las fotos le llevaron a arrastrarlos afuera, a buscar un sitio arenoso, coger la pala y hacer un agujero profundo. Los enterró juntos, como los veía en las fotos. En la Ciudad no había familias, pero él sabía lo que eran. Los enterró bajo una gruesa capa de tierra y piedras. Volvió a la cueva, sacudiéndose el polvo.

No había comida, algunas latas pero estaban hinchadas y con un olor nauseabundo. Aprovechó una de las mochilas y algunas de las herramientas. Pero solo algunas, no quería continuar muy cargado. No moriría bajo tanto peso.

Durmió aquella noche en la cueva. Pensó en la familia que había muerto allí mismo. ¿De donde vendrían? ¿A donde se dirigirían? Habían muerto hace mucho, cuando el Partido mandaba ejércitos a la llanura a buscar fugitivos. O incluso antes cuando las guerras revolucionarias contra los oligarcas.  Recordó las imágenes en los cines comunitarios donde se proyectaban las escenas de cacerías de enemigos del pueblo que intentaban huir del castigo de sus crímenes o los tanques en formación disparando cientos de obuses en la linera del frente. Por lo menos eso decían los locutores. No tenía motivos para dudar de sus palabras. Aunque ahora seguía también el mismo camino que todos aquellos. Pensó sobre ello y se quedó dormido.

Permaneció en la cueva tres días más. Al cuarto se marchó para no volver nunca. Antes se despidió de las tres tumbas. Fue una breve mirada, un gesto con la cabeza y salió de allí. Volvió al camino, a aquel camino inexistente que lo marcaba el mismo con sus pasos. No sabía donde iba, solo quería una cosa alejarse de la ciudad, y si tenía que vivir todo lo que le quedaba de vida caminando lo haría. En silencio, callado como cuando estaba en la Fábrica, allí ajustaba piezas para que encajaran perfectamente en máquinas, en enormes máquinas que iban a otras fábricas para producir nuevas piezas. Todo en silencio, no se podía hablar, no se tenía porque hablar. Solo se permitía escuchar música, los himnos del Partido y los discursos de los Padres del Pueblo. Él siempre los había escuchado, las voces sonaban fuerte por los altavoces, su voz contundente llegaba profunda y hacía que la aprendieran. Sabía muchos discursos de memoria. Discursos del pasado, cuando existían clases sociales pero según les había dicho el Delegado era necesario que los escucharan porque eran la base del nuevo mundo que llegaría pronto. Recordaba aquellas palabras “…cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora…”, muchas veces lo  recitaba moviendo los labios mientras repetía los gestos robóticos con los que hacía su trabajo. Empezó a tararear uno de los muchos himnos mientras caminaba “Arriba parias de la tierra...” pero de repente, calló. No pensaba cantarlo nunca más.

Al llegar a la pequeña catarata, habían pasado diez días desde que dejó la cueva. El pequeño riachuelo que llevaba viendo varios días crecer,  desembocaba en una catarata pequeña que formaba una laguna. Le pareció un sitio bellísimo, las aguas cristalinas y la vegetación.  Contempló en silencio pero no con el silencio del hombre solitario, sino con él que se contemplan las cosas bellas. Las cosas que no parecen pertenecer a la realidad gris y monótona que nos atrapa. Había hierba, pero no como aquella cortada e igualada por los operarios en los jardines comunales de la ciudad. Allí la hierba era alta, larga, crecida, aplastada en muchos sitios y en otros no. Había pequeñas flores blancas, amarillas, violetas  desperdigadas por todas partes. Llegó hasta el manantial, el agua estaba fría. Pero antes de beberla, recordó a la familia de la cueva. Miró al fondo, temió que el Partido hubiera llegado hasta allí. Todo era posible, aunque no pensaba que la fuente estuviera envenenada, había mucha vida. Pero desconfió, se quedo quieto. Sentado junto a la orilla, no necesitaba beber, tenía agua de lluvia en dos botellas. Por ahora solo quería estar allí.

Horas después y en total silencio, vio lo que había escuchado durante unos instantes. Un animal, parecía una cabra enorme, no supo darle nombre. Se acercó al arrollo y bebió. Se sació, para marcharse cuando se percató de la presencia del extraño que la observaba con curiosidad desde el otro lado. Pero aquel extraño, no hizo nada por ir detrás de ella. Solo hundió la cabeza en el agua y bebió. Mas tarde se bañó bajo la pequeña catarata, sonrió. Su cuerpo se activaba con el agua fría, salía del entumecimiento, de las articulaciones doloridas, de las agujetas que ya no sentía. Notaba todo con una gran intensidad, las piedras del fondo, el suave roce de la brisa, el movimiento del agua. Sentía vida.

Apoyada la cabeza sobre un pequeño cojín hinchable, que había obtenido en la cueva. Se despertó aquella mañana donde el calor veraniego empezaba a dejar paso al otoño. Desde hacía mucho tiempo los otoños eran cada vez mas fríos y los inviernos eran una sucesión de tormentas de nieve. Pero mientras se vestía, solo pensaba en que encontraría algún lugar para refugiarse durante el invierno. En su inconsciencia, creía que ese lugar estaría en cualquier parte del camino esperándole, a ser posible repleto de provisiones. Cientos de latas de conservas, confituras, agua potable, incluso pan tostado... Mientras su cabeza daba vueltas sobre ello, se tomó su desayuno, agua con un trozo de carne de liebre seca.

Oyó un pequeño chasquido pero no le dio importancia, había visto algunos animales acercarse a la cascada, algunos le habían servido de comida en estas últimas dos semanas que había pasado allí. Solo cuando un objeto duro se pegó a su nuca, entonces dejó de comer y se enderezó.

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